Doña Marina cuidaba que la tortilla que tenía en el comal no se quemara mientras palmeaba el último poco de harina de maíz que le quedaba. Estaba concentrada en la tarea que tenía entre manos, de nada serviría que se le quemara lo último que tenía disponible en la despensa. Era la tercer semana que el país estaba en cuarentena. También era la tercer semana que no vendía las burritas que acostumbraba preparar desde las cuatro de la madrugada para comenzar a vender a las cinco y media en la esquina de la empresa de transporte. Eran famosas, sus burritas, rellenas de frijoles molidos, huevo y queso. Los señores de los buses hacía fila para comprarle y todos aseguraban que era el mejor desayuno que se podía tener. Era un orgullo para Doña Marina que la señalaran como "la señora de las burritas de la esquina" porque si había algo que había aprendido de su mamá, era que uno debía trabajar duro, siempre buscando ser el mejor en lo que se hace. Y esas burritas las hacía con...
Un lector vive mil vidas antes de morir, aquel que nunca lee sólo vive una. - George R.R. Martin